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El Sabor de los Instintos

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«Cuando aceptas lo que eres te vuelves invencible»

Una reflexión sobre los instintos

La humanidad está atrapada en una cárcel de sentido. Por causa de trajinados y complejos condicionamientos aprendimos a ignorar nuestros adentros. A diario repetimos los pasos de un aciago extravío, que nos aleja de nosotros mismos y por cuya cuenta derruimos sin cesar la única morada que nos fue legada, la Tierra, este hogar que acaso nuestros nietos no podrán habitar, y en el que aún se escucha el clamor de pájaros cantores y acuciosos truenos en pos de un cambio sanador. La inercia ciega que aturde nuestras horas opone su aturdido coro al pálpito que ofrecen las profundas entrañas, estos arcanos inmortales que antaño supimos escuchar y por cuyo influjo aprendimos a vivir y a pensar, cientos de miles de años atrás. Éramos fuertes, nuestra vida era intensa, y lo que es más importante: estábamos despiertos. ¿Qué nos pasó? ¿En qué punto del camino renunciamos a la salvaje libertad del águila imponente que fijamente mira al Sol a la par que extiende sus alas vigorosas?



            Ahora mismo, domesticados y alienados, nuestras mentes vagan por entre las dunas de un desierto colosal, donde la existencia colectiva está impregnada de abundantes mercancías y espejismos materiales, aunque al mismo tiempo se advierte vacía. ¿Es progreso lo que vemos? ¿O sólo las superficiales formas que asume la agonía?



            De las varias trampas urdidas por nosotros, al modo de un potente hechizo, la principal corresponde al pensamiento, al que increíblemente hemos querido desligar de los instintos. En este tenor, decidimos asumir tan sólo la más inmediata realidadapego por lo urgente, amnesia de lo básico, esa que ignora el respeto por uno mismo y por los otros, olvidando que la gracia de la vida nos fue dada en otros orbes, que vinimos a aprender, y que antes de cazar, allá en lo alto, por encima de las nubes, el águila agradece siempre al Espíritu Divino las dotes que le fueron dadas. Porque, antes que nada, para pensar con claridad hay que agradecer. Y seguidamente, hay que escuchar los instintos que nos fueron dados. Nada sabe quien ignora sus adentros. Creemos que pensamos, pero es tan sólo una creencia, una de tantas.



            Así, como si se tratase de adolescentes perezosamente lujuriosos, decidimos priorizar la comodidad y el desenfreno inmediato, entregando a los más cobardes el control de nuestro inmenso hogar. Por tanto, nos volvimos dependientes y temerosos, acríticos repetidores del principio de escasez. Apetecemos o repudiamos cualquier cosa como ciegos aturdidos, simplemente porque a diario renovamos los caros condicionamientos del potente hechizo, confundiendo los instintos profundos con la mera impulsividad reactiva. Quisiéramos volar, pero cuando lo intentamos no atinamos a comprender por qué cercenamos las alas de nuestra mente, hace ya tanto tiempo, y entonces nos conformamos con tomar lugar en un avión comercial, a veces henchidos de orgullo por gozar de las tibias comodidades que ofrece la primera clase, o porque esa nave es propiedad nuestra. Verídica miseria.



            De tal calado es el abismo en que cayó la mente humana, desterrada de su ánima salvaje e instintiva, y por tanto incapaz de pensar con claridad, esta mente que al presente se entumece en un solar acotado por ridículos fantasmas, la misma que se asume incapaz de recrear un mundo sabio.



            Y que nadie se equivoque, porque el esclavo también ama sus cadenas, y le aterra asumir responsabilidad por su propio vuelo, en coherente praxis de algún discurso genuinamente personal, uno que responda a sus instintos y al respeto por los otros. A veces, ese esclavo aparca un avión de uso privado en algún hangar, y se cree libre sólo porque detenta abultadas cuentas en ciertos bancos suizos o británicos.



            Pero los instintos son eternos. Afortunadamente. También hoy es posible respirar profundo, desde el vientre, en juego de absoluto silencio con aquella inmensidad que todo lo contiene. También hoy es posible suspender el diálogo interno, la cascada de quimeras que tanto ruido hacen, y a renglón seguido abrazar el presente, el insondable océano de tiempo que desconoce el antes y el después, fuego interno que arrulla al universo y que da expresión concreta a todo aquello que se da por acallado. Es ahí, en ese estar con uno mismo, en la realidad del alma, donde uno redescubre las ganas de vivir, y donde aceptamos que dentro de nosotros bulle incontenible la genuina lava de la vida, el magma del volcán que siempre fuimos y seguiremos siendo, tan salvajes como el trueno, más luminosos que el relámpago. La venturosa resolución de la lucha contra las apariencias hace que desaparezcan los miedos y las ansias de certeza, y entonces reconocemos al pájaro de fuego que devuelve la luna del espejo, ese que no acepta lindes ni leyes avaras, que se reconoce partícipe de un concierto perpetuo y prodigioso, que sabe crear vida, y que de ahora en adelante volará imperioso, despierto, siguiendo sólo sus instintos, más allá de los juicios morales abrevados en su herencia cultural, más allá de la imaginación mundana. No hay cadenas que puedan contenerle. 



            El pájaro de fuego comprende que la comodidad es una trampa, que la escasez no es más que una ilusión, al igual que el miedo, y que el cuerpo es sólo una herramienta. También entiende que la primera y la peor de todas las enfermedades es la ignorancia. Libre y a sus anchas, en su vuelo reconocerá la cifra de su propia mente, y comprenderá por fin el hasta entonces inasible compromiso que entraña el libre albedrío. Allá a lo lejos, en voluntad de salvaje y libre ascenso, coronará su metamorfosis, aurora de la inquebrantable vigilia que en adelante consentirá la toma de sus propias decisiones, las verdaderas. Se asumirá invencible.



            El ser humano es infinito y milagroso. Nació para crear mundos.

Anastasio
 
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